Vestido con pantalones negros
Y un gorro color crema
Con la barba larga y blanca
Se lucía con sus zapatos envueltos en tierra.
Con una mano larga y un pedazo de pan
Sentado en un bloque de cemento
Observa el grifo amarillo, por si quiere escapar.
Como sombra de su silueta
El camión de madera aguarda atrás
Espera que el motor encienda
Para poder llegar a la otra vereda a descargar.
Siendo parte de la tercera edad
Mal vestido espera esconder la verdad
Que debajo de la gorra ya no queda nada
Que los años de vida sólo le han dejado canas.
No encontró en su calvicie fugitiva
Las miradas de vueltas que tanto anhelaba
Sólo halló el pasto verde y largo,
Y un mal grifo que nunca pudo lavar su cara.
Sentado espera, reposa, descansa
Confía en el viento, mientras este le danza
Arranca de prisa de ambos guardias
No quiere devolver el pan que su hambre aguarda.
Mira de frente, pero escapa de lado
Los carabineros ya antes lo han llevado
No quiere devolver, no quiere entregarlo
Quiere alcanzar a comer
El pan que guarda en su regazo.
Dolor siente en el alma
Dolor tiene en la espalda
El descanso ya no le devuelve
Los días y noches de descarga.
Ese único pan le recuerda
La gracia de haber dado todo por nada
De haberle rogado cuanto pueda
A esa persona, quien tenía que darle su paga.
Se quedó así con los ojos llenos de ganas
Con una fría mañana y la tristeza en su cara
Se quedó así con garganta tomada
Con las ansías de beber unas gotas de agua.
Se marchitaron sus sueños
Se marchitó toda su sed
Fue preso del amargo alcohol
Fue víctima del hambre en la piel.
Se permitió ser olvidado
Ser visto como estorbo alguna vez
Dejó todo en la calle botado
Pero nunca a su amigo, a más de dos metros de él.
Cuando dejó el pan a su costado
Las migas le recordaron su niñez
Los años de ser joven habían pasado
Y ahora de anciano vivía sin saber.
Tiempos aquellos el de mirar al horizonte y soñar
Ahora si su pan no estaba compartía con soledad
Agrios tragos de amargura y nostalgia
Antiguos años que se llevaron toda su felicidad.
Como indigente lo nombraron
Como mendigo lo calificaron
Pasaron inviernos y veranos
Y él ahí sigue aún sentado.
Se permite de vez en cuando
Dar uno o dos pasos largos
Se permite de vez en cuando
Que le tiren unos cuantos escupitajos.
Más siempre existirá en ese lugar
Y ser parte de los pisoteos de la gente, debe aceptar
Pues nunca sabe si será una de ellas
La que algún día le entregue, un nuevo pedazo de pan.
Diego Queulo Beltrán.
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